Su párpado izquierdo tiembla, indiscreto, cuando lee la petición. Lo primero que piensa es: ¿para qué?, si ha tirado de esa cuerda tantas veces y nunca trajo nada de vuelta.
Son las diez, diez horas después del meridiano. Sobre la cama descansan libros abiertos, libretas borroneadas, bolígrafos de un mismo color. La respuesta podría estar en el silencio que reposa en la habitación, en la música de piano que monologa acordes, en su mirada.
¿Cómo decir, sin ese verbo, tanto tiempo atrapado?
Hace unos años también oía piano. Era distinta la música, era distinta la atención. Con el perfil vuelto hacia la pared, más que un hombre solo en un cuarto, era una mirada al borde de un barranco, desde donde columbraba, enfrente, la otra orilla.
Ayer leyó, jubilosamente, que los ideales terminan por adquirir forma en los objetos. Los objetos.
Hay una composición llamativa en la habitación. Por impecable, sería solo otra: una cama, una cómoda, un tacho de basura y una serie de cosas relegadas a la unidad. Pero hay dos libreros.
«Cuando una familia produce un escritor es... es un síntoma... de que hubo algo muy jodido, ¿no? Algo se hizo mal para que salga un escritor de ahí», recuerda haber oído en una entrevista.
¿Qué podría haber ocurrido para que dos muebles altos y perpendiculares, repletos de sueños, delimitados por secciones, custodien la cama?
Algo muy jodido, seguramente.
Anoche su hermana preguntó con más reclamo que curiosidad: «¿Cómo es que, si alguien solo tiene la idea de matar, puede haber tanto problema... si al final se arrepintió? No entiendo esa película».
«Una idea», le dijo, «vale tanto o más. Los edificios, las catedrales, esta mesa, el ordenador bajo tus manos: antes de ser lo que ves, fueron una idea en la cabeza de alguien. Pero no todo nace de una idea; también hay cosas que nacen de lo que se siente. Un monumento puede nacer del amor; un sacrificio, de la fe; una guerra, del odio… de la ambición. Antes de tomar forma en el mundo, todo fue intangible. Por eso, un pensamiento, aun arrepentido, merece al menos una conversación».
«Una idea que no llegó a ser…», piensa y sonríe. Y el solo de piano le inclina la mirada hacia sus cosas: le detiene la memoria, le devuelve. Observa las hojas escritas, multiplicadas en fajillos. Escenas pintadas con amorosa descripción. Cartas que conservan el fuego. El tiempo detenido en cada cuartilla. ¿Qué era, si no, todo aquello que atiborraba los cajones? Libros impresos, llenos de apuntes; fragmentos resaltados que conectaban momentos.
El papel garabateado sobre la cómoda. Los rectángulos de cariño reposando en la cama. Los libros ordenados según una emoción, según el dolor.
Había convertido esa palabra en objetos. Todo lo decía su habitación.